domingo, 13 de diciembre de 2015

UN CLUB DE BUENOS MUCHACHOS


Muriel Angulo. Collage sobre periódico. 2012

Muy interesante que el texto “Reflexiones críticas en torno a las transformaciones del Salón, la relación entre arte y política” de Ricardo Arcos Palma1, ponga sobre la alfombra roja los concubinatos y las relaciones licenciosas que se han ido condimentado a lo largo de la historia del mundillo del arte de este país y que por antiguas y terminales ya han están haciendo metástasis en el cerebro de algunos. Pero lo mas interesante del texto, es el relato subyacente que revela cómo a pesar del oropel y del estatus de inmunidad del que goza nuestro sistema institucional de arte, los ingredientes utilizados en nuestro cocinado artístico y cultural son los mismos con los que históricamente se han preparado las pócimas envenenadas de la historia política, económica y social del país. En pocas palabras el mismo engendro que corre por las venas de las élites centralistas y blancas del país, corre por las venas del sofisticadísimo, educadísimo y “cultísimo” grupo de iniciados que construye la cultura “para todos” en Colombia. Eso quiere decir que el estamento social del arte en nuestro país acostumbrado a lavarse las manos con tanta facilidad, ha sido tan responsable de nuestras desgracias como las demás instancias del país. Pero además de todos los buenos negocios de libre amancebamiento público-privado que son citados en el texto, hay un punto de giro que se le escapa al autor, que marcó un antes y un después en el devenir del arte colombiano.
Y para refrescarle la memoria sería bueno recordar aquellos lujuriosos años ochentas cuando el impoluto, sagrado, educado, instruido, docto, sabio, erudito, ilustrado, civilizado y cultivado mundo del arte en Colombia hizo gala del lado oscuro de su descomposición y su hedentina al sostener una impúdica relación con las mafias colombianas, amistades peligrosas que posicionaron artistas y elevaron el precio de la obra de arte hasta alturas catastróficas, fortaleciendo un mercado que hoy compite con la venta de armas y de drogas ubicándose como uno de los negocios mas consolidados del mercado neoliberal. Años después y huyendo del ángel exterminador que en esos tiempos ajusticiaba a Colombia, comienza a emerger un club de buenos muchachos iniciados en la Cosa Nostra que ponen en práctica las artes del ocultamiento y el mimetismo mientras son asesorados y perfumados por diseñadores, publicistas y asesores en marketing y mercadeo que los transforman en unos buenos muchachos muchos de ellos furibundos coleccionistas de arte contemporáneo colombiano. Es así como el arte se corona como un magnífico negocio que otorga rentabilidad, estatus y un ejército de guardaespaldas y modelos acompañantes. Y como de tendencia en tendencia se llega a Roma, surge la modalidad de fabricar estrellas fugaces entrenadas desde la Academia para ser políticamente correctas y “trabajar con temáticas humanistas y sociales”, sin importar que en la vida diaria se comporten como seres apolíticos o indiferentes a los procesos sociales y políticos, porque a la postre lo que se necesita es que puedan ejercer muy bien su oficio y que su producto sea un arte atrevido y novedoso. Un adoctrinamiento que separa el arte de las decisiones políticas, sociales y económicas del país y del mundo convirtiendo a los artistas en personajes formalmente iluminados pero absolutamente inútiles e incapaces de evolucionar como sujetos políticos de cambio. Es así como esta atractiva bipolaridad contemporánea los protege de la figura del intelectual y el artista comprometido y consecuente con su discurso a la vez que catapulta la idea del “artista rebelde pero exitoso” un producto perfecto para los nuevos tiempos en donde la esquizofrenia es una patente de celebridad y de fama. Los estrategas del mercado del arte han permitido a los artistas “producir arte político” siempre y cuando no traicionen su individualismo y su profunda necesidad de fama. El círculo se cierra cuando el Ministerio de Cultura en cínico concubinato con los mercaderes de turno organiza Ferias, Bienales y subastas dirigidas a saciar la gula de los buenos muchachos coleccionistas que asesorados por una corte de curadores orgánicos deciden quienes son los artistas que bendecidos por su obediencia y buenas maneras recibirán las dádivas y los privilegios de la fama.


   
Y siguiendo con este ajuste de cuentas, podemos continuar hablando de César Gaviria, el asesor espiritual del arte contemporáneo colombiano. Este astuto neoliberal que siempre supo para que era el poder y que tiene dentro de su expediente el ataque cobarde a Casa Verde, un sangriento bombardeo sobre el pequeño campamento levantado con ocasión de las conversaciones de paz durante el gobierno de Belisario Betancur y que tuvo como objetivo impedir que las FARC, el ELN y parte del EPL participaran en la Asamblea Constituyente que ese mismo día elegía en las urnas 70 representantes de todo el país. De no haberse dado este ataque a sangre y fuego, las guerrillas no habrían avanzado hasta el punto que lo hicieron y el paramilitarismo no habría dejado este infinito conteo de muertos. Interesante noticia ahora que Pereira- cuna del padre de María Paz Gaviria directora de ArtBo- será la sede del Salón 44 de Artistas de Colombia. Y es que no solo de arte vive el hombre. A este mercader y coleccionista lo conocí hace mucho tiempo como un hombre gris atornillado a la sombra de Luis Carlos Galán, un político honesto que por su discurso de tinte moralista nunca llenó mis expectativas, pero que gracias a la desmemoria de los colombianos y al marketing político de Carlos Duque autor del afiche promocional de su candidatura a la presidencia, logró que el grito “A la carga!” de Jorge Eliécer Gaitán se trasladara virtualmente a su garganta, captando la atención de aquellos que ingenuamente creían estar ante el pensador social y progresista que nunca había sido. En plena campaña a la presidencia los candidatos Luis Carlos Galán por el Nuevo Liberalismo y Carlos Pizarro León-Gómez por la Alianza Democrática M-19 son asesinados con solo 8 meses de diferencia. La familia Galán decide postular a César Gaviria a la presidencia de Colombia y finalmente es “coronado” el 7 de agosto de 1990 como presidente de Colombia. Y dicho y hecho, sus garras empresariales quedaron al descubierto al poner al país al servicio de la rapiña neoliberal: una apertura económica que aseguró que las arcas del país se repartieran entre pocos, sentando así las bases de las actuales desigualdades de Colombia. Y es aquí donde se engendra el huevo de la serpiente del modelo neoliberal del arte que privatiza desde la respiración hasta el pensamiento, invocando a las industrias culturales así como la bienalización y ferialización de la agenda cultural del país. Ahora este magno dirigente es un sabio coleccionista que se pasea por el mundo impoluto, sagrado, educado, instruido, docto, sabio, erudito, ilustrado, civilizado y cultivado del arte en Colombia, mientras su legado empresarial queda en manos de Maria Paz su hija, la nueva “Reina de las Ferias”. Lo que viene después ha sido materia dócilmente digerida por buena parte de nuestro mundillo artístico. La separación entre el mundo del arte y la tragedia colombiana se ha convertido en una plástica realidad que funciona bajo sus propias leyes y en donde las llagas del país verdadero no tienen cabida mientras no se miren desde la estética formal y cristalina del arte: de eso asuntos no se habla, porque en esa privilegiada burbuja todos callan y nadie sabe nada. Ahora, 75 años después nadie se acuerda de aquel 12 de octubre de 1940 día en que Jorge Eliécer Gaitán inauguraba el “Primer Salón Anual de Artistas Colombianos” en la Nueva Biblioteca Nacional de Bogotá. Como hija de papá gaitanista y perseguido por el Estado, imagino la decepción de este líder social ante el deplorable cambio de rumbo de los nuevos Salones ahora conducidos por flamantes gurús de la cultura colombiana, una corte de funcionarios orgánicos que a la mejor usanza política, salen y entran por la puerta giratoria que de lo público lleva a lo privado y de lo privado a la inmortalidad.



 Muriel Angulo. Collage sobre periódico. 2012


 ¡Y claro que nos despelucamos! porque de no activarnos ante los rugidos de este elefante, haría carrera el escepticismo de frases como “esto siempre ha sucedido en el país” y “Mientras tanto nosotros desde la Academia asistimos a ese espectáculo como simples espectadores, pues el divorcio entre Educación y Cultura hace años que dio sus frutos” porque sería aceptar nuestra incapacidad para cambiar nuestra suerte y afirmar que nunca vimos ni oímos nada. Las reflexiones sin radicales propuestas de cambio quedan convertidas en frases sueltas y en gestos de apatía y quietismo, posturas neoconservadoras que parafraseando a Jean Paul Sartre son iguales a la actitud de aquellos que por salvar su pellejo dejan que otros y otras asuman el riesgo del cambio que ellos mismos no fueron capaces de afrontar y que con gran lucidez Simone de Beauvoir define como el siempre estático y arrogante “Pensamiento político de la Derecha”.

Muriel Angulo
10 de diciembre de 2015

1-Liberatorio de arte contemporáneo
http://www.liberatorio.org/index.php?option=com_content&view=article&id=622%3A2015-12-08-15-36-43&catid=10%3Aactualidad-politica&Itemid=180

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